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Así como un viejo adagio popular dice que cada pueblo tiene los gobernantes que merece, bien debería haber otro que equipare a los criminales. Resulta casi imposible, en algunos casos, poder escindir los criminales más famosos de un país de la historia, la cultura, la idiosincrasia y las mentalidades en las que se transforma como tal. Y el de Yiya Murano, en ese sentido, es quizás el personaje más emblemático que haya dado la criminología vernácula, al punto tal de haberse instalado como mito y como ejemplo de las contradicciones que padecen los argentinos en el devenir de sus realidades.
Si bien la enigmática historia de Yiya Murano fue abordada por casi todos los medios de comunicación y desde algunas manifestaciones artísticas (hay varios libros dedicados a ella, un musical, un recordado capítulo de Mujeres asesinas con Nacha Guevara y reciente YIYA protagonizada por Julieta Zylberberg) nunca logró que se hiciera sobre ella un documental que llevara luz sobre la tragedia de las tres pobres mujeres murieron envenenadas con cianuro, supuestamente, a manos de la maquiavélica Yiya.