Cuando ya iniciado el siglo veintiuno el mundo digital aún no había llegado a ser contemplado en su totalidad por las diferentes legislaciones, apareció la I.A Inteligencia artificial y complicó aún más la cuestión. Ligado a dilemas morales, éticos y filosóficos, el mundo digital – entendido como una prolongación de los nuevos avances científicos- planteó desde sus inicios una grave peligrosidad ya que le brindaba, a los seres humanos, la capacidad de creerse dioses pergeñando, creando o destruyendo seres que, en apariencias, eran portadores de cualidades que podrían competir con el hombre real de carne y hueso.
Apenas aparecidas las primeras noticias de la IA las redes se llenaron de imágenes falsas, videos ficcionados que podrían competir a la perfección con la realidad e instauraron en los usuarios la sensación de que principios ya materializados como la identidad, la privacidad o el derecho a la opinión podían manipularse dejando al hombre en un estado de indefensión y vulnerabilidad jamás antes visto. Sin embargo, aún había un tema que se avizoraba y que era mucho más preocupante que los mencionados anteriormente: la falta de protección legal que ofrecen los diferentes estados en los que se instaló con una rapidez asombrosa.
Lo cierto es que desde EEUU (donde fue creada, probada y difundida) salieron a pregonar que la IA no significaba ningún problema para la sociedad y que, por el contrario, sería utilizada para mejorar la calidad de vida de los humanos, pudiendo desarrollar un sinfín de tareas e, incluso, llegar mucho más lejos de lo que la ciencia había podido llegar. No obstante, mientras aquellas palabras se diluían antes los miles de casos que daban cuenta de lo dañina que era la utilización indiscriminada, el cine, como excelente catalizador y reflejo de los tiempos comenzó a incorporar algunos films en los que se comenzaron a tratar temáticas relacionadas con el avance arrollador de las nuevas tecnologías.
De esa forma, algunos films como La Red de Irwin Winkler (1995), Inteligencia artificial de Steven Spielberg (2001) o Joan es horrible, el extraordinario primer episodio de la sexta temporada de la serie Black Mirror en el que se cuenta la historia de una joven a la que violentan en su intimidad y su vida termina en una película hecha por IA e interpretada por Salma Hayek quien, al igual que la protagonista fue víctima de utilización de su imagen sin jamás haber prestado su consentimiento. Por ello, el estreno de La Chica artificial no solo significó una interesante propuesta de ciencia ficción, sino que, además, supo captar muchos de los interrogantes que sobrevuelan la imagen de la IA y los expuso de manera sencilla y natural, invitando al espectador a que reflexione y alimente un debate que urge necesario desde el mismo momento en que aquella apareció.

En el film de Franklin Richt (quien también la guionó y actuó) se cuenta la historia de una pareja que forma parte de una organización no gubernamental y que se dedica a identificar pedófilos en red y ponerlos a disposición de la justicia. Así es como un día dan con un hombre que, en apariencias, se dedica a seducir niños por internet y descubren que, en realidad, lejos de ser un depredador infantil se trata de un programador que mediante IA creó una niña extremadamente real y que lo que hace es ni más ni menos que mantener a los pedófilos en línea sacándoles información para luego ser detenidos con causa.
Al enterarse de la verdadera identidad del hombre, la pareja le propone que forme parte de la organización y, para ello, deben conocer a la perfección todos los detalles de Cherry, la angelical niña rubia que posee una gran locuacidad para mantener conversaciones y entretener a los delincuentes. A partir de ese momento comienza a desarrollarse una trama fascinante y que pone al espectador a pensar ya que, con el correr del tiempo, los tres miembros de la organización (incluido su creador) advierten ciertos rasgos de humanidad y de desarrollo de algunas capacidades que exceden las que se espera de una IA e incluso aquellas para las cuales fue creada.
Allí es donde la historia hace un interesante salto al pasado y expone – de modo hipotético- en que puede desembocar una IA que, al igual que sucedió en los años 90 cuando se descubrió la clonación y la manipulación genética, termine creando seres con grandes cualidades resolutivas, pero con pocas herramientas para desarrollarse como un humano de carne y hueso como los miles que nacen a diario en el planeta.
Si bien la obra cuenta con una estructura cinematográfica claramente identificable con la ciencia ficción, deja traslucir otros géneros entre los que se advierten elementos de drama, metafísica y hasta incluso un planteo serio sobre bioética ya que si se materializa la creación de seres sintientes, pensantes y sufrientes a partir de un logaritmo se abre la posibilidad de que dicha problemática pueda ser analizada por un marco teórico ampliamente desarrollado en aquel sentido. El film es una pieza más que interesante ya que, a partir del gancho de la pedofilia, las organizaciones paraestatales para combatir el crimen o sustentables planteos de ética y moral pone en pantalla la necesidad de discutir aquello que aparece en forma de ficción pero que no es ni más ni menos que una realidad que nos excede como humanos y que nos obliga a reflexionar acerca de quién es el verdadero y único responsable del desarrollo de la IA: ¿los creadores que la idearon o los usuarios que la utilizan sin ningún tipo de control ni criterio?
Calificación: **** Muy Buena
LA CHICA ARTIFICIAL (EEUU-2025) Dirección y Guión: Franklin Ritch, Elenco: Tatum Matthews, Sinda Nichols, David Girard, Franklin Ritch, Música: Alex Cuervo, Fotografía: Brtitt Mc Tammany, Duración: 88 minutos-Color.