Las visiones cinematográficas sobre el mito del vampiro funcionaron, en la historia del siglo XX, como un medio idóneo para aggiornar el clásico texto de Bram Stoker escrito hace más de cien años atrás. Si bien el escritor inglés produjo un personaje arquetípico que devino en un género en sí mismo, el paso del tiempo, los avances tecnológicos, los cambios sustanciales en la cultura occidental y las mutaciones ético-religiosas que manifestó el hombre hicieron necesario adaptar dicha entelequia literaria a la posmodernidad y a todas las filias y fobias que aquella trajo consigo.
De ese modo se puede ver que en literatura, autores como Stephen King, Anne Rice, Stephenie Meyer o las versiones argentinas de Pablo De Santis, Federico Andahazi o Marina Yusczuk sometieron a sus vampiros a algunos aspectos de las cuestiones epocales que atraviesan acercándolos aún más al mundo de los humanos en los que desarrollan sus acciones o bien padecen sus pesares. Sin embargo, no fue sólo la literatura la que expuso a los seres de las tinieblas a sobrevivir en los tiempos modernos. En el cine, por ejemplo, puede advertirse de un modo claro y preciso cómo evolucionó el mito desde aquella fundacional versión de Bela Lugosi en blanco y negro hasta la última dirigida por Luc Besson y pasando por la inolvidable versión de Francis Ford Cóppola de los años 90 o la posmoderna propuesta de Jim Jarmusch quien no dudó en exponer a sus vampiros a la contaminación ambiental, el HIV o el vacío existencial.
A partir de aquellas innovaciones sobre uno de los cuentos mejor contados de la historia de la literatura, el director Eduardo Casanova realizó una miniserie de tres capítulos en los cuales dió rienda suelta a una historia de vampiras hispanas -con todo lo que ello implica- logrando ocupar un lugar relevante dentro el panteón de nuevas visiones del mito de Stoker. En Silencio, el director se remonta a la España del siglo XIV justo en el momento en que se desdencadena la Peste Negra. Allí cuatro hermanas vampiras conviven en el mayor de los ostracismos y afrontan día tras día la falta de alimento que les supone una población enferma. Harta ya de lamentos y letanías, una de ellas se rebela y comienza a exponer sus dudas acerca de la veracidad de las miles de prohibiciones que pesan sobre sí (tales como beber sangre infectada, exponerse a la luz del día, rendirle culto a otro supremo que no sea Satán o la peor de todas, enamorarse de un humano e intentar con él una vida normal) provocando la ira de la hermana mayor quien, al sospechar que la rebelión esconde e realidad un enamoramiento, decide accionar antes de que sea demasiado tarde.
A partir de ese inesperado punto de giro, la vampira mayor decide asesinar entre todas al joven del cual su hermana se enamoró (que no es otro que el jardinero y que aún no se infectó) y evitar que la maldición o el fin de la vida eterna caiga sobre ellas. Y allí es donde la trama adquiere un ritmo vertiginoso ya que, en el siguiente fotograma el conflicto se traslada a los años 80 en pleno centro de Madrid y tiene como protagonista a una de las descendientes de aquellas brujas del medioevo, en apariencias adolescente pero que tiene mas de seis siglos de edad. El destino tiende sus inevitables redes provocando que la adolescente en cuestión se enamore perdidamente de una yonqui infectada de HIV y deba adaptar sus prácticas y hábitos para sobrellevar la relación y no ser descubierta por su amante.
Con ese argumento y una serie de elementos que ya son definitorios de su particular estilo, Casanova logra uno de los cuentos de vampiros más hermosos que se hayan escrito y filmado en lengua española. A diferencia de otras propuestas ya mencionadas, el cineasta logra incorporar en el universo filosófico de sus personajes temas como el feminismo, la censura, el control ideológico, los efectos de la modernidad líquida y la inevitable sensación de desasosiego que presentan todos los vampiros por saberse inmortales pero con una acumulación notable de decadencia e infelicidad de las cuales les es inevitable huir.
Desde el punto de vista técnico, la miniserie sorprende por el cuidadoso registro visual tenido en cuenta para llevarla a cabo. Ahora bien, vale decir que la repetición casi obsesiva de la misma paleta de colores utilizada en toda su filmografía, en un futuro no muy lejano podría volvérsele en contra y recordarle que aquello que funcionó en los orígenes no está obligado a ser reproducido eternamente para o romper la fórmula. Un cineasta de su nivel bien puede repensar sus códigos estéticos e intentar nuevas posibilidades para desplegar sus historias.
A diferencia de otros trabajos, en este en particular, brindó numerosas entrevistas para promocionar la serie y quedó al descubierto como persona que padece de HIV desde unos años y que sintió que había llegado el momento para hacer pública su condición como infectado y crear conciencia de lo pernicioso que puede ser el silencio por ser uno de los principales factores de exclusión social y discriminación.
Así fue como en rueda de prensa y ante la pregunta acerca de cuán difícil es vivir con el virus en una sociedad que aún hoy discrimina, pontifica y excluye a los pacientes con HIV dijo: “La serofobia y el estigma atraviesa todo, incluido parte del colectivo. Pero, lo que más me preocupa, es el ámbito sanitario. Una vez una persona con VIH sale de la burbuja de infecciosas, en cualquier otra especialidad muchas veces te encuentras con violencia y con rechazo. Es muy complicado porque en el único lugar donde uno puede permitirse ser visible y debe ser visible es en el ámbito sanitario. Si lo eres ahí y encima recibes violencia, pues es todo mucho más complicado. Llevamos muchos años de mochila y de acumulación de silencio, de esconderse, de estigma, de odio, y de culpa. Hace falta mucho trabajo y ese trabajo está en el cambio social”.
Por ello, más allá de ser SILENCIO una serie que se celebra y agradece es un ejemplo más de que no existe un medio más idóneo que el cine para librar algunas batallas ideológicas y generar conciencia en la sociedad.
SILENCIO (2025, España) Dirección y Guión: Eduardo Casanova, Elenco: Lucía Díez, Ana Polvorosa, María León, Mariola Fuentes, Leticia Dolera, Omar Ayuso y Carolina Rubio, Música: Joan Vilá, Fotrografía: Marino Pardo, Duración: 3 episodios de 25´cada uno, Color.