"yo quise terminar con la historia de Yiya... ¿Y sabes lo que hice?: la inmortalicé" (Martín Murano)
Así como un viejo adagio popular dice que cada pueblo tiene los gobernantes que merece, bien debería haber otro que equipare, en esa prédica, a los criminales. Dado que resulta casi imposible, en algunos casos, escindir los criminales más famosos que produce un país de la historia, la cultura, la idiosincrasia y las mentalidades en las que se transforman como tal. Y el de Yiya Murano, en ese sentido, es quizás el personaje más emblemático que haya dado la criminología vernácula, al punto tal de haberse instalado como mito y como ejemplo de las contradicciones que padecen los argentinos en el devenir de sus realidades. Si bien la enigmática historia de Yiya Murano fue abordada por casi todos los medios de comunicación y desde unas cuantas manifestaciones artísticas (hay varios libros dedicados a ella, un musical, un recordado capítulo de Mujeres asesinas con Nacha Guevara y reciente YIYA protagonizada por Julieta Zylberberg) nunca logró que se hiciera sobre ella un documental que llevara luz sobre la tragedia de las tres pobres mujeres murieron envenenadas con cianuro, supuestamente, a manos de la maquiavélica asesina de los años setenta.
Quizás ese haya sido el motor que llevó al cineasta Alejandro Hartman -conocido por sus dos piezas documentales sobre José Luis Cabezas y María Marta García Belsunce- a indagar en uno de los casos más emblemáticos de la historia criminal argentina y comenzar una tarea de investigación minuciosa que terminó en uno de los mejores proyectos audiovisuales sobre la inolvidable Yiya Murano conocida por todos como la envenenadora de Montserrat. Así es como a partir del compromiso de traducir en imágenes una historia de tales magnitudes, el cineasta se hizo de una serie de testigos que atravesaron la historia desde diferentes aristas y que le otorgan al trabajo una densidad periodística y vivencial enorme, al punto tal de que sin ellos hubiera sido imposible adentrarse en las profundidades que implicaba el caso.
De esa forma, a lo largo de las casi dos horas que integran la pieza se suceden las voces de reconocidos periodistas que la entrevistaron, algunos familiares de las víctimas (que en el caso de una de ellas, además, era parienta de la misma Yiya) el oficial de policía que recibió el caso y le tomó las primeras declaraciones, el juez de la causa que la sentenció a prisión perpetua (la cual no cumplió por haber sido indultada por Carlos Menem) y una que es la que sirve como hilo conductor para desentrañar lo inimaginable: la de Martín Murano, su hijo.

Con esos testimonios Hartman refresca en la memoria del espectador algunos datos anecdóticos y, a partir de ellos, construye un relato más que interesante que lejos de focalizarse en el extravagante personaje que todos conocimos, logra una reivindicación de las víctimas que muchos creían necesaria desde los medios de comunicación los cuales sólo supieron explotar al personaje, sin tener en cuenta que se trataba de alguien que la justicia determinó, en algún momento, que contaba con elementos suficientes para considerarla culpable del triple delito de homicidio.
Sin embargo, más allá de ser un proyecto que pone en duda mucho de lo dicho, actuado, fabulado e incluso representado sobre el caso (los archivos de los almuerzos de Mirtha Legrand funcionan como un alter ego perfecto de Yiya e indispensables para la configuración del relato) el documental adquiere un ritmo y un tono cautivantes que invitan al espectador a sumergirse en la historia y atravesarla desde la identificación directa con algunos de los personajes que aparecen dando testimonio en pantalla. No cabe duda de que el docufiction (caracterizado por actores que representan algunos de los momentos más emblemáticos de la historia) sumado a la vertiginosa edición de Manuel Margulis Darriba hacen que el documental no parezca un documental y se transforme, con el discurrir de la trama, en uno de los perfiles más memorables que se hayan hecho de una de las mujeres más fascinante, controversial y enigmática que tuvo la historia criminal argentina.
Sobre el final, dos frases invitan al espectador a pensar en la complejidad de la protagonista y sobre la tragedia que desató con sus acciones criminales. La primera de ellas es "Yiya fue la criminal más pop de la Argentina" dicha de boca de uno de los entrevistados, al mismo tiempo que una imagen muestra como luciría un hipotético cuadro de la mismísima Yiya pintado por Andy Warholl. Y la segunda reza: "Cada sociedad tiene los criminales que merece" dejando en claro que el contexto epocal de la dictadura posibilitó que la victimaria promoviera, como tantos otros, la especulación financiera que, mediante contactos, amistades e influencias la llevarían a materializar una de las primeras estafas piramidales de la historia argentina.
Como respuesta a aquellas preguntas otras tantas sobrevienen cuando las voces se callan y el film termina. ¿Cuanta responsabilidad tuvo la sociedad argentina en la conformación y aceptación de la envenenadora de Montserrat? ¿Porqué en la actualidad Yiya nos sigue pareciendo un personaje fascinante, divertido y digno de admiración? ¿Será que los monstruos que cada sociedad materializa portan en parte o en todo la esencia misma de esa sociedad?
El debate queda abierto y cada espectador elaborará sus propias conclusiones.
Calificación: **** Muy buena
YIYA MURANO: MUERTE A LA HORA DEL TÉ (2026-Argentina) Dirección: Alejandro Hartman, Guión: Lucas Bucci, Tomás Sposato, Martín Murano, Virginia Messi, Gabriela Bocalandro Fotografía: Alejandra Martín, Edición: Manuel Margulis Darriba, Diseño de arte: Mariela Rípodas, Catalina Oliva, Sonido: Martín Grignaschi, Música: Leo Sujatovich, Producción: Vanessa Ragone, Color-Duración: 103 minutos.