Un precepto dice que para que un acontecimiento pueda ser considerado un hecho histórico deben haber pasado, como mínimo cincuenta años. En ese periodo se supone que el evento tuvo un tiempo suficiente de asimilación y aceptación por parte de la sociedad que lo experimentó y que, si fue traumático, ya se lo puede observar con la distancia que se observan aquellos hechos fortuitos pero que dejan la experiencia en aquellos que lograron sobrevivirlo. El 50º aniversario del último golpe de Estado perpetrado en nuestro país llega en un un momento sumamente delicado: con la implantación de un gobierno de extraña derecha, con la democracia en estado terminal, con la pérdida de creencia en la clase dirigente y con una sociedad que apela a la desmemoria como forma de castigo para supuestos actos de corrupción se llega al medio siglo de uno de los acontecimientos más negros y tristes de nuestra historia.